
El silencio imperia en mis dominios, una sacudida a barrido todo sumiéndolo en un caos mudo, y la espada blandida por la reina de la oscuridad reposa ahora en sus entrañas. Sus ropas aterciopeladas antes irradiantes de fulgor cetrino se disuelven poco a poco entre la parasitaria niebla, dejando al descubierto su demacrada piel, envenenada de su propio álito.
No habrá lágrimas para los traidores, solo olvido y tabuísmo absoluto. Su cadaver será guillotinado y su sangre derramada en mi trono, y no lamentaré su ausencia, no echaré de menos sus turbias miradas, ni el calor de sus labios distantes, no habrá destierro... pues jamás existió en este mundo, así dictamino desde ahora... y para siempre.
0 comentarios:
Publicar un comentario