
Llega el final del día y llegas a casa exausto, con tus pensamientos quejándose por haberlos dejado de lado tanto tiempo, dejas las llaves en la mesa y te dejas caer en la cama, miras al techo unos segundos y cierras los ojos... entonces las voces de tu interior despiertan... te recuerdan que no puedes engañarte, que no tienes lo que quieres... y las lágrimas contenidas se derraman por tus mejillas... abres los ojos... frunces el ceño y te secas la cara... ¡No voy a llorar más! Piensas... Te incorporas y enciendes la tele... necesitas que haya ruido a tu alrededor...
Vas a la nevera, cojes un refresco, te pones cómodo y te quedas frente a la tele... mirándola... incapaz de ver nada... notas que la vida ha dejado de tener sabor para tí... que tantas veces has tropezado que ya no quieres seguir adelante... sólo dejarte llevar... dejas la lata sobre la mesa, vuelves a la cama decidido a dormir... y notas como un vacío se va apoderando de tí por dentro... te abrazas a tu almohada... tus labios se separan... y vuelves a llorar... como un niño... aunque... ¿Quien determina realmente cuando dejamos de ser niños y empezamos a ser adultos? Quizá sea algo que nunca sepamos... quizá siempre seamos niños... con mas responsabilidades y menos tiempo... pero niños...
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